El sistema político actual, junto a su enorme maquinaria mediática, está diseñada para manipular la mente de las personas, lo hacen a su antojo según las necesidades del momento.
Así ha sido con las elecciones, nos dan “vendido” la idea hace muchos años que realizar elecciones a los diferentes niveles es la forma más efectiva de garantizar una democracia participativa e inclusiva, pero no siempre es así y varios ejemplos lo demuestran.
Existe la falsa creencia que las elecciones libres es la garantía del futuro, pero los electores votan por candidatos que el sistema quiere que se elija, el pueblo solo participa en el final de la contienda después de recibir millones de mensajes bien pensados y engañosos.
Estados Unidos, los paladines de la
democracia total, tienen un enrevesado y complicado sistema electoral donde
increíblemente los votos populares no son esenciales para alcanzar la
presidencia, lo deciden los colegios electorales y aún así el expresidente
Donald Trump intentó vulnerar al sistema movilizando las masas y atacando el
capitolio donde se reunían los políticos para certificar los resultados.
Este viejo sistema electoral fue instaurado poco después de la independencia de ese país y la última actualización fue en 1965 por lo que se ha mantenido inalterable por siglos y no representa la actualidad ni la modernidad de ese país.
Varias veces los presidentes elegidos no son los que mayor voto popular alcanzan, allí están los casos de John Quincy Adams que en 1824 fue proclamado presidente a pesar de obtener 30 000 votos menos que su contendiente.
En 1876 Rutheford B. Hayes fue elegido Presidente aunque J. Tilden obtuvo 264 000 votos populares más o en el 2000 que George W. Bush se alzó con la presidencia aunque Albert Gore obtuvo casi 450 000 votos más, solo después de varias semanas de espera por hechos e impugnación en la Florida.
Estos casos y otros más que han sucedido demuestran que este sistema está obsoleto, pero no lo cambiarán porque las élites políticas ganan millones de dólares en estos procesos.
Otro caso que ilustra a las maravillas lo que estamos hablando es España, con un sistema electoral de listas cerradas y con votaciones indirectas, los electores votan por Partidos políticos y los líderes de esas agrupaciones tienen que pasar un extenso proceso para llegar a ser presidentes, incluyendo un momento de inclinar la cabeza ante el monarca quien es la persona que determina cual de los partidos debe intentar formar gobierno en una disputa en el Congreso.
Resulta asombroso que a estas alturas de los años exista un monarca que no es elegido por nadie, nunca participa su nombre en unas elecciones y tiene el poder de decidir quién puede formar gobierno. ¿Valen los votos del electorado?
Pero eso no es todo, precisamente este año el Partido Popular fue el más votado por los electores y no ha podido ser presidente porque en el Congreso no ha logrado los votos necesarios. En este paso las organizaciones buscan formar alianzas con las menos votadas donde predominan los intereses personales por encima de los nacionales. ¿Estas son las llamadas elecciones libres?
En nuestra área está el caso más sonado en Guatemala, donde Fernando Arévalo perteneciente al Movimiento Semilla arrasó en la segunda vuelta de las elecciones, pero por obra y gracia de un fiscal se ha intentado anular el resultado sin mostrar pruebas de irregularidades.
Lo llamativo de este caso es que sería un golpe de estado antes de llegar a la presidencia en enero de 2024, el sistema político puso en marcha su oscura maquinaria porque no le conviene el ganador de las elecciones, ¿Importa el voto popular?
Estos son solo algunos ejemplos, podríamos mencionar muchos más pero nos extenderíamos demasiado, las elecciones en el mundo moderno se han convertido en verdaderos actos de guerra donde los candidatos se sacan lo peor de cada uno y dejan en el olvido lo verdaderamente importante, el desarrollo social para el bien del ser humano.
El dinero, el yoísmo, la vulgaridad, la autocomplacencia entre muchos otros son fenómenos que priman en las carreras electorales, ahora con las redes sociales se han convertido estos procesos en verdaderas batallas en los coliseos romanos, los contendientes van con todo, dispuestos a ganar o morir.
Nadie tiene la verdad absoluta, todos los procesos electorales son proclives a mejoras para buscar la verdadera democracia, el primer paso importante sería respetar los procesos de los demás, reconocer sus resultados y de cada uno sacar las mejores experiencias.
Con la “consolidación de la democracia” se ha
registrado una expansión espectacular del fenómeno electoral, pero no es ni la
única ni la mejor vía para que los pueblos participen de la política, ejercerla con responsabilidad es nuestra obligación para usarlas en beneficio de las mayorías.