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29 abril 2026

Cuba es un país bloqueado

Abajo el bloqueo imperialista. Donald Trump arremete una vez más contra Cuba  

La política de sanciones de Estados Unidos contra Cuba, vigente desde hace más de seis décadas, ha generado costos económicos y sociales incalculables, y se ha recrudecido en los últimos años con medidas que afectan directamente sectores estratégicos como la energía.

Cuba atraviesa una de las etapas más difíciles de su historia revolucionaria. La “llamada” crisis humanitaria que se vive en la isla no puede entenderse sin analizar la principal causa: el bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Washington.

Desde 1960, cuando el presidente Dwight D. Eisenhower suspendió la cuota azucarera tras la nacionalización de empresas estadounidenses, comenzó la guerra económica contra Cuba. En 1962, John F. Kennedy firmó la Orden Ejecutiva 3447, estableciendo el bloqueo en su forma actual. Cuba lo denomina “bloqueo” y no “embargo”, como se intenta presentar internacionalmente.

Décadas posteriores estuvieron marcadas por tensiones, acciones terroristas y la invasión de Playa Girón.

En 1992 se aprobó la Ley Torricelli y en 1996 la Ley Helms-Burton, que codificaron y endurecieron las sanciones con carácter extraterritorial, permitiendo sancionar a terceros países que comerciaran con la isla.

Durante la presidencia de Donald Trump, entre 2017 y 2021, se aplicaron más de 240 medidas adicionales, incluyendo restricciones de viajes y remesas, así como una persecución sistemática a las transacciones de combustibles. Bajo la administración de Joe Biden la política de máxima presión se mantuvo, con amenazas a navieras y bancos que intentaran negociar con Cuba.

En enero de 2026 se firmó la Orden Ejecutiva 14380, que autorizó aranceles adicionales a importaciones de países que suministraran petróleo a Cuba. Aunque la Corte Suprema de Estados Unidos declaró ilegales algunos procederes, los mecanismos de supervisión y presión sobre proveedores de crudo se mantienen, evidenciando el objetivo de estrangular la economía cubana.

Los costos acumulados de esta política son enormes: Cuba no puede usar el dólar en transacciones internacionales ni acceder a créditos globales, las pérdidas superan los 150 mil millones de dólares en seis décadas, y se limita el acceso a tecnologías de punta y medicamentos de primera generación, incluidos tratamientos pediátricos contra el cáncer. La persecución a las importaciones de petróleo ha provocado apagones y afectado la producción industrial y el transporte, mientras que las restricciones de remesas y viajes familiares han golpeado los ingresos y vínculos migratorios.

Conocedores de nuestras deficiencias internas, el bloqueo estadounidense contra Cuba ha sido un instrumento de presión política y económica con efectos devastadores en la vida cotidiana. La orden ejecutiva de Trump sobre combustibles inauguró una nueva fase de endurecimiento, golpeando directamente la capacidad energética del país.

El bloqueo no es solo un expediente histórico: es una política vigente que condiciona cada esfera de la vida nacional. Sus costos acumulados revelan un entramado de sanciones que buscan doblegar la soberanía de un país pequeño frente a una potencia global.

Más allá de las cifras, plantea un dilema ético y político: ¿puede justificarse una política que priva a millones de personas de recursos esenciales en nombre de objetivos estratégicos? La respuesta no está en los despachos diplomáticos, sino en la reflexión colectiva sobre el derecho de los pueblos a decidir su destino.

Cuba no es un estado fallido, es un estado bloqueado. Esa es la verdad.

 

 

13 abril 2026

Irán y Estados Unidos: ¿Diálogo o pulso de poder?

 

Conversaciones entre Irán y EEUU en Pakistán entran en fase de expertos -  Últimas Noticias

Las negociaciones celebradas en Islamabad entre Estados Unidos e Irán, tras semanas de enfrentamientos militares, han dejado más preguntas que respuestas. Aunque se buscaba consolidar un alto el fuego, las posturas de ambos bandos reflejan un pulso de poder más que un intento genuino de paz.

Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán celebradas en Islamabad, Pakistán, se convirtieron en un episodio diplomático de alto impacto que, lejos de ofrecer soluciones inmediatas, dejaron en evidencia la distancia entre las posturas de ambos gobiernos y la fragilidad del escenario regional. La reunión, encabezada por el vicepresidente estadounidense J.D. Vance y el viceministro de Exteriores iraní Abbas Araqchi, tenía como objetivo explorar un alto el fuego tras semanas de enfrentamientos militares. Sin embargo, lo que emergió fue un pulso de poder en el que cada parte reafirmó sus líneas de resistencia.

Desde Washington se insistió en que Irán no aceptó las “líneas rojas” planteadas por la Casa Blanca y que la delegación estadounidense presentó una “oferta final y definitiva”. Vance subrayó que las conversaciones fueron profundas, pero que la presión militar continuará mientras Teherán no dé señales de flexibilidad. Por su parte, Araqchi rechazó lo que calificó como condiciones inaceptables y reiteró que la soberanía iraní no está en negociación. La Guardia Revolucionaria reforzó esta postura con una advertencia clara: cualquier barco militar en el estrecho de Ormuz será considerado objetivo legítimo.

Tras las conversaciones, Donald Trump ofreció declaraciones que marcaron el tono de la política estadounidense. Aseguró que “da igual” si se llega o no a un acuerdo, porque Estados Unidos ya “ha ganado” militarmente. En otro discurso, advirtió que en las próximas semanas se lanzarán ataques “con mucha fuerza” contra Irán para “completar el trabajo”. Además, insistió en que Teherán está cerca de desarrollar un “vasto arsenal nuclear”, aunque no presentó pruebas concretas que respalden esa afirmación. Estas palabras, lejos de suavizar el ambiente, incrementaron la tensión y dejaron claro que Washington no descarta una escalada militar.

Las implicaciones posteriores de este encuentro son múltiples. En el plano diplomático, las conversaciones no se rompieron, pero quedaron en pausa, lo que abre la posibilidad de que se reanuden en el futuro, aunque con pocas expectativas de éxito inmediato. En el plano militar, las amenazas de Trump y la firmeza iraní en Ormuz anticipan un aumento de la tensión en el Golfo Pérsico, con el riesgo de que un incidente naval precipite una confrontación mayor. En el plano político, Pakistán emerge como mediador clave, aunque su capacidad de influencia es limitada frente a la magnitud del conflicto. La comunidad internacional observa con preocupación, especialmente por el riesgo de interrupción en el suministro global de petróleo y las consecuencias que ello tendría en la economía mundial.

En definitiva, las conversaciones en Islamabad reflejan más un pulso de poder que un camino hacia la paz. La retórica estadounidense, que minimiza la importancia de un acuerdo, y la firmeza iraní en defender su posición, anticipan semanas de tensión creciente. El desenlace dependerá de si ambos bandos priorizan la estabilidad regional sobre la demostración de fuerza. Mientras tanto, el mundo permanece expectante ante un conflicto que no solo afecta a Medio Oriente, sino también al equilibrio energético y geopolítico global.

En DESDECUBA seguiremos atentos a la evolución de este proceso, conscientes de que cada declaración y cada movimiento en este tablero puede redefinir el rumbo de la política internacional.

Cuba es un país bloqueado

   La política de sanciones de Estados Unidos contra Cuba, vigente desde hace más de seis décadas, ha generado costos económicos y sociales ...