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10 abril 2026

El cierre del estrecho de Ormuz: una crisis que desnuda la fragilidad del orden económico mundial


 cierre del estrecho de Ormuz / Blog DESDECUBA

El estrecho de Ormuz, un paso marítimo de apenas 50 kilómetros de ancho, concentra cerca del 20% del comercio mundial de petróleo. Su cierre en este 2026, resultado de la escalada de tensiones entre Irán, Estados Unidos e Israel, ha puesto de manifiesto una verdad incómoda: la economía global depende de cuellos de botella geográficos cuya vulnerabilidad puede desencadenar crisis de alcance planetario.

La historia demuestra que los puntos estratégicos de tránsito —como el Canal de Suez en 1956 y 1967— han sido escenarios donde la geopolítica se convierte en economía. Ormuz no es la excepción. Su cierre no solo ha interrumpido el flujo energético, sino que ha revelado la fragilidad estructural de un sistema que sigue anclado a los combustibles fósiles y a rutas marítimas expuestas.

Irán ha utilizado el estrecho como instrumento de poder, proyectando su influencia más allá de sus fronteras y desafiando la libertad de navegación. La reacción de Estados Unidos y sus aliados muestra cómo las potencias, pese a su capacidad militar y diplomática, se convierten en rehenes de la geografía. El cierre de Ormuz no es un episodio aislado: es un recordatorio de que la política internacional se juega también en espacios reducidos donde convergen intereses globales.

El alza del precio del petróleo tras el bloqueo ha disparado la inflación y amenaza con provocar una recesión mundial. Países productores con rutas alternativas, como Arabia Saudita, se han beneficiados de ingresos extraordinarios, mientras que importadores netos como Japón, India, la Unión Europea, han enfrentado pérdidas millonarias. La crisis evidencia que las economías emergentes son las más vulnerables a choques externos, incapaces de amortiguar el impacto de un mercado energético volátil. En el caso de la Unión Europea se han visto en la cuerda floja, o se quedan sin combustibles o pactan con Rusia.

El cierre de Ormuz obliga a cuestionar la falta de diversificación energética. ¿Por qué el mundo sigue expuesto a un solo estrecho para garantizar su suministro? La respuesta es incómoda: porque la transición hacia energías renovables ha sido lenta, además las instituciones internacionales como la ONU, la OPEP y FMI carecen de mecanismos efectivos para prevenir o mitigar este tipo de crisis. El bloqueo es, en última instancia, un síntoma de un sistema económico global que se resiste a abandonar su dependencia de los recursos fósiles.

El cierre del estrecho de Ormuz no es solo un episodio regional, sino un evento estructural que desnuda las debilidades del orden económico mundial. La transición energética y la diversificación de rutas no son opciones, sino imperativos históricos. La pregunta que queda abierta es si el mundo aprenderá de esta crisis, generada por la tozudez de EEUU e Israel o seguirá repitiendo patrones de dependencia que lo condenan a nuevas vulnerabilidades.

El tiempo, la diplomacia y el cese de la guerra dirán la última palabra.

 

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