La vida moderna se rige por patrones bien determinados que pareciera que las 24 horas del dÃa no dan abasto para todas las cosas que debemos hacer, de ahà la velocidad con la cual se vive en estos tiempos donde no queda espacio para la meditación profunda, el análisis, la mirada escrutadora. Ese es el momento ideal para que productos pseudoculturales y banales lleguen a nosotros los cuales consumimos con una desesperante tranquilidad.
La llegada de la pandemia de COVID19 con su aislamiento obligatorio y la necesidad de millones de personas de consumir productos de entretenimiento a toda costa y si son gratis mucho mejor, fue la gota que colmó la copa para inundarnos con una música sin sabor, una explosión de series y telenovelas rimbombantes sin nada que ofrecer al consumidor, la creciente literatura banal y vulgar sin dejar de mencionar una televisión desprovista de toda cordura y moral. Pero no se deje engañar, esos son productos colonizadores, es una ofensiva cultural del capitalismo consumista que quieren a toda costa imponer a nuestros pueblos.
En la actualidad las verdaderas obras de arte hechas para pensar, analizar y disfrutar han sido sacrificadas para beneficiar a la inmediatez y el éxito barato. Los recursos rápidos, el mismo discurso simplón y repetitivo, la exaltación de los chismes, intrigas, broncas y diálogos cargados de palabras subidas de tono dominan el mercado audiovisual de nuestros dÃas.
En la literatura la banalidad también ha hecho su parte, los largos ensayos y novelas realizadas antaño por grandes escritores parecieran que han desaparecido de la faz de la tierra, ahora abundan las novelas de lectura rápida o relatos cortos. En cuanto a los poemas, pareciera que nunca existieron y son obras en total extinción.
La pseudocultura también se ha movido a las redes sociales un entorno más independiente y social pero que puede generar jugosas ganancias con solo apretar un click. Allà están como por arte de magia los Influencers modernos que quieren imponer su criterio a toda costa y cada artÃculo que escriben o cada palabra que dicen se convierten de inmediato en tendencia mundial sin verificar siquiera su veracidad, tienen sueldos astronómicos y son patrocinados por poderosas empresas que les crean un guión dependiendo de sus necesidades.
El mercado artÃstico ha dejado de buscar trascendencia, está corrompido y los más afectados somos los consumidores que sin darnos cuenta buscamos estos productos como el alimento más importante.
Resulta insólita la estúpida competencia por el hombre más hermoso del mundo que ha inundado las redes en las últimas semanas o la constante presencia del reguetonero Bad Bunny, toda una escultura a la banalización y la pseudocultura.
Desenmascarar la banalidad y la simplicidad que abunda en estos dÃas resulta todo un reto para artistas e intelectuales de toda la humanidad, pero en especial para América Latina donde nos inundan con mensajes bien pensados y sutiles para lograr la reconquista de los pueblos.
El verdadero arte, la verdadera cultura está viva, solo que está secuestrada por enormes y poderosos intereses económicos que no les conviene perder. Saber elegir es la opción que nos queda, pero elijamos bien.
No crea en la postmodernidad que nos quieren vender, crea en la verdadera cultura, la de los pueblos y sus raÃces.